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Dejar de mirar hacia arriba

15 DE JUNIO DE 2026

Hace unos días publique en mi Facebook un texto que critica el hito de Elon Musk como el primer trillonario de la historia.

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El texto original cerró sobre una imagen difícil de soltar: el trabajador que mira hacia arriba, hacia la cima de la pirámide, y se convence de que quien está allá se ganó cada ladrillo. Toda la riqueza extrema se sostiene en ese pequeño gesto del cuello.

Quiero seguir el hilo desde donde estoy. Porque ese gesto no es abstracto para nosotros: en México también hemos levantado nuestros propios altares, y conviene mirarlos de cerca antes de proponer cómo desarmarlos.

La captura mexicana

La misma lógica tiene aquí su versión local. Buena parte de las grandes fortunas mexicanas se construyó quedándose con lo que ya era de todos: las privatizaciones de los años noventa entregaron a manos privadas industrias que el Estado —es decir, nosotros— había levantado durante décadas. Una red telefónica pagada con dinero público pasó, casi de un día para otro, a cobrar peaje por el simple hecho de que habláramos entre nosotros. Bastó una posición ventajosa, un momento oportuno y la captura de un bien común. El capitalismo mexicano premió el control.

Esa es la primera traducción que vale la pena hacer. La violencia de la que habla el texto original aquí tiene rostros muy concretos. Está en los millones de personas que trabajan en la informalidad, sin seguro y sin pensión, a una enfermedad de distancia de la ruina. Está en la familia que vende el coche para pagar el hospital. Está en quien tiene tres trabajos y aun así no completa para la renta. Es el país de todos los días.

El antídoto que ya teníamos

Y sin embargo. Aquí aparece lo que el texto original, escrito desde otra latitud, no podía ver: México padece esta concentración y, a la vez, guarda como pocos lugares el antídoto. La gran mentira del capitalismo —que un hombre solo creó la riqueza— se desmiente todos los días en prácticas que llevamos siglos ejerciendo.

El gobierno colectivo es, entre nosotros, una herencia viva. El tequio y la faena: el trabajo que se da a la comunidad porque la comunidad es de uno. La guelaguetza y la mano vuelta: dar hoy sabiendo que mañana se recibe, una economía entera basada en la reciprocidad. La asamblea ejidal, los usos y costumbres, las juntas donde se decide hablando hasta que se acuerda. El "mandar obedeciendo" que el zapatismo convirtió en principio de gobierno. Y cuando tembló en 2017, nadie esperó a que la pirámide reaccionara: las cuadras se organizaron solas, las brigadas se formaron en horas, miles de manos hicieron lo que ningún multimillonario hizo.

La verdad central del texto —que la riqueza la produce el colectivo y el capitalismo solo la reparte selectivamente— la sabe entre nosotros cualquier pueblo que ha levantado una escuela por tequio o salvado una cosecha por mano vuelta. Aquí la interdependencia es una memoria por recuperar.

Esta intuición tiene parientes lejos de aquí, y conviene reconocerlos. Hace más de un siglo, Piotr Kropotkin recorrió Siberia esperando encontrar la guerra de todos contra todos que prometían los darwinistas sociales, y se topó con especies enteras que sobreviven porque cooperan; llamó a eso el apoyo mutuo y lo describió como un factor de la evolución tan real como la competencia. La mano vuelta y la guelaguetza son ese mismo principio, vivido en español. Décadas después, Murray Bookchin convirtió esa reciprocidad en un programa político: imaginó un mundo gobernado desde abajo, por asambleas de barrio y de pueblo confederadas entre sí, sin un centro que las suplante. Lo llamó municipalismo libertario. El comité de colonia que pelea por su propio presupuesto y el caracol zapatista que se gobierna solo ya lo practican, sin haberle pedido permiso a ninguna teoría.

Qué hacer, sin engañarnos

No tengo recetas grandiosas, y desconfío de quien las ofrece. Pero sí tengo la convicción de que el poder se contiene desde abajo y de lado, no mirando hacia arriba. Tres registros, muy concretos.

Asambleísmo: la asamblea que ya tienes a la mano. No hace falta fundar un movimiento. Empieza por el espacio que ya habitas. La junta de tu edificio, que casi nadie pisa, es una asamblea: ve, habla, no dejes que tres personas decidan por cuarenta. El comité de tu escuela, de tu colonia, de tu trabajo. Métete en una tanda, o ábrela: es la forma más antigua y más digna de crédito mutuo que tenemos, dinero que circula entre vecinos y se queda en el barrio. Apoya, consume en, o de plano ayuda a formar una cooperativa: Pascual existe porque unos trabajadores decidieron que la empresa podía ser de ellos, y lleva décadas demostrando que se puede. Cada peso que gastas en el mercado, en el tianguis, en la cooperativa del barrio, es un peso que se queda circulando entre personas con nombre.

Reflexión: recuperar la atención que nos extraen. La misma economía que concentra el dinero concentra la atención, y la atención fragmentada no puede pensar ni organizarse. Defenderla es político. Un círculo de lectura mensual —cuatro amigos, un libro, una mesa— hace más por el pensamiento crítico que mil indignaciones en una pantalla. Leer juntos es un acto de soberanía. Y conversar despacio, sin algoritmo de por medio, es donde nacen las asambleas que importan.

Pensamiento crítico: dejar de creer en el santo. El texto original lo nombra bien: la adoración de la riqueza requiere amnesia. Combatir la amnesia es un trabajo diario y minúsculo, y empieza por la lengua. El mito vive en los verbos: el magnate "genera" empleo, "crea" riqueza, "revoluciona" un sector, como si las fábricas se levantaran solas y las redes se tendieran con su sola voluntad. Cada uno de esos verbos esconde a miles de personas. Cuando escuches "se hizo a sí mismo", pregunta: ¿con qué red, con qué contrato público, con qué concesión, con el trabajo de quién? Cuando alguien llame "generador de empleo" al dueño, recuerda quién genera el valor y quién lo captura. Conviene saber, además, dónde se fabrica el santo: en la portada que lo declara visionario, en el perfil que cuenta su vida como epopeya de un solo hombre, en la escuela de negocios que estudia su liderazgo y olvida a su sindicato. Aprender a leer esos relatos —notar quién aparece y quién se borra— es pensamiento crítico en estado puro.

Se puede admirar una obra —el cohete, el coche eléctrico— y al mismo tiempo rechazar la idea de que su escala mide la virtud de quien la firmó arriba. Hay un riesgo que vigilar: que la crítica se agríe en cinismo, en ese "todos son iguales" que desarma antes de empezar. El pensamiento crítico que sirve conserva la capacidad de distinguir entre un caso y otro, entre lo que se capturó y lo que de veras se construyó, y por eso se afila mejor en compañía, en la sobremesa y en la asamblea, donde una pregunta incómoda encuentra a quien la complete. Y si tienes hijos o alumnos, enséñales a admirar lo que se construye en común. La próxima generación no idolatrará a estos monarcas si aprende a verlos como los veremos: con extrañeza.

Sin ser ingenuos

Sería deshonesto terminar aquí, en lo bonito. Nada de esto basta por sí solo, y conviene decirlo con todas sus letras.

Consumir distinto no nos saca de un problema estructural: ninguna canasta de compras derrota a un monopolio. La asamblea se puede pervertir, se puede capturar, se puede volar en puro teatro participativo donde se opina mucho y no se decide nada —ya conocemos esa diferencia, la de fingir que se escucha y la de compartir de verdad el poder. El asambleísmo cansa, es lento, a veces reproduce sus propias jerarquías. Y nuestras tradiciones comunitarias también han sido idealizadas y traicionadas, incluso desde el Estado que dice protegerlas.

Sobre todo: lo local no sustituye lo estructural. Mientras México siga teniendo una de las recaudaciones tributarias más bajas de la OCDE, mientras gravar las grandes fortunas y las herencias siga siendo casi un tabú, ninguna tanda compensará la sangría de arriba.

Aquí conviene leer a Gabriel Zucman, el economista que más lejos ha llevado la idea de que a los más ricos sí se les puede cobrar. Su diagnóstico es demoledor: los milmillonarios del mundo pagan, en proporción a su fortuna, alrededor de 0.3% al año, bastante menos que cualquier asalariado. En el informe que preparó en 2024 para la presidencia brasileña del G20, propuso un piso mínimo coordinado —un impuesto equivalente al 2% anual sobre el patrimonio de quienes superan los mil millones de dólares, los nuestros incluidos— que, aplicado a unos tres mil milmillonarios, levantaría entre 200 y 250 mil millones de dólares al año. Y desarma la coartada de siempre, la fuga de capitales: lo que el mundo ya hizo con el impuesto mínimo global a las grandes empresas se puede hacer con las grandes fortunas, porque cuando suficientes países cobran a la vez, no queda dónde esconderse. El propio Zucman recuerda que la idea se tachaba de utópica y hoy es un plano técnico que el G20 ya tuvo sobre la mesa.

La organización vecinal y la presión fiscal son las dos piernas de lo mismo. El poder nunca cede sin que se lo exijan.

Por eso la esperanza que propongo es modesta y terca. No espero que los poderosos se vuelvan buenos; apuesto a que dejemos de creer que estamos solos y que no podemos. La fortuna extrema se sostiene sobre una mentira de separación: la de que un hombre lo hizo todo él solo. Y la verdad de que nada se hace solo, en México, basta con recordarla.

El texto original preguntaba por qué la gente común defendió con tanta pasión aquello que la explotaba. Quizá la respuesta es que llevaba demasiado tiempo mirando hacia arriba. La tarea, entonces, es sencilla de enunciar y difícil de sostener: bajar la vista, voltear de lado, reconocer a quien tenemos junto, y empezar —otra vez, como tantas veces— a decidir juntos.

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